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El Evangelio del Domingo

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16 noviembre 2014

33º Domingo tiempo ordinario

por José Antonio Jauregui sj     Versión pdf

Esta parábola de los talentos forma parte del quinto y último discurso de Jesús en el evangelio según san Mateo. Ya vimos en la parábola de las diez vírgenes que en toda esta instrucción domina el tema de la vigilancia. Una vigilancia comprendida como fidelidad a la misión recibida y que se ve sorprendida de pronto por la hora inesperada del juicio. La parábola de los talentos recoge y desarrolla la idea de la vigilancia-fidelidad que había sido ya el tema de la parábola del mayordomo; al siervo fiel del capítulo 24 corresponde el siervo bueno y fiel, dos veces repetido, de esta parábola. En estas dos parábolas el caso más importante es el de la infidelidad que es el más desarrollado (24,48-51; 25,24-30). Lo cual hace pensar que todo este pasaje es polémico. Jesús en este evangelio de san Mateo pone en guardia a sus discípulos contra una infidelidad cuya eventualidad ellos no la tienen en cuenta seriamente. Esta idea volverá a aparecer dramáticamente en la escena del juicio final (vv.31-46) donde los buenos y los malos quedarán sorprendidos por haber cumplido o descuidado los imperativos de la vigilancia evangélica. De todos estos pasajes evangélicos se pueden extraer las diversas imágenes de infidelidad que nos aportan estas parábolas: en la primera parábola se trataba de una infidelidad manifestada en violencias y mala conducta del administrador con sus súbditos; en la parábola de las 10 muchachas era una infidelidad por imprevisión. En la parábola de hoy es una infidelidad por pereza y cobardía ante la temida severidad del señor.  El rasgo común de todas esas infidelidades es que consisten en una insuficiencia de actividad concreta. Lo cual confirma que para san Mateo la vigilancia no consiste en un fervor, una alegría ni siquiera en una fe. La vigilancia es una espera atenta, activa y responsable. Es un rasgo típico del primer evangelio. Hay una clara desproporción entre las líneas dedicadas a describir la rendición de cuentas de los siervos diligentes y las dedicadas a la condenación del mal servidor. Mientras la fidelidad y la recompensa de los dos siervos buenos se evocan brevemente, se describen ampliamente la actitud y la condenación del siervo perezoso. Lo mismo que la parábola de las diez doncellas, ésta termina con una nota desagradable de temor y de amenaza: “Echadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llano y el rechinar de dientes”.  Este desenlace deja sin resolver el enigma de si Dios no es tal vez un señor usurero e inmisericorde, como pensaba el tercer esclavo. Agrava esta ambigüedad el sentido alegórico de la parábola introducido por el evangelista. El señor de la parábola viene a ser en la intención del evangelista el Señor Jesús que se ausentó un buen día dejando en los creyentes la expectativa de una vuelta próxima pero no acaba de volver.

En tiempos de san Mateo la iglesia veía en este relato la expresión de su fe en Jesucristo. Los lectores sabían perfectamente que aquí se trata del retorno de Jesús, del juicio final y también de la vida de la comunidad eclesial bajo el signo de ese futuro. El significado de los talentos que reciben los tres esclavos hace clara referencia a la distribución de responsabilidades que el Señor misericordioso encomienda a sus discípulos. La rendición de cuentas evoca obviamente el juicio final que Mateo describirá en la página siguiente del evangelio. El relato, después de pasar monótonamente por los dos primeros siervos diligentes, se detiene casi morosamente en el tercer esclavo el cual se limita a devolver a su señor el denario intacto. Su explicación al señor suena algo insolente e injusta pues contradice abiertamente la idea que los fieles tienen del Señor manso y humilde de corazón que invita a llevar su yugo suave y su carga ligera. Sin embargo hay que reconocer que la imagen del tercer esclavo aporta al relato algo muy intencionado en la pluma del evangelista pues precede inmediatamente a la descripción del juicio final.

La escena del tercer esclavo inculca que el miedo al Señor y la cobardía ante la responsabilidad de la misión son malos consejeros. El miedo inhibe e impide producir los frutos que exige el Señor. La parábola acaba en un tono sombrío. Cristo no es sólo un Señor bondadoso que inspira confianza sino también puede ser un temible juez universal. El conjunto de la parábola inspira no sólo coraje para correr el riesgo sino también miedo. Y así, el desenlace que Mateo da a la parábola alimenta la sospecha – poco atractiva – de que el Señor es efectivamente un hombre duro, como pensaba el tercer esclavo.¿Queda, pues, en suspenso, en esta parábola una ambivalencia pretendida por el evangelista que inculca el santo temor de Dios “principio de la sabiduría” y prepara para leer el mensaje del juicio final?

            Se han hecho muchas y atinadas observaciones a esta alegoría con la que Mateo reinterpreta la parábola de Jesús. Tanto en este pasaje como en la descripción del juicio final choca la simetría inquietante entre salvación y perdición, entre cielo e infierno. Más aún, predomina el sobrepeso de la amenaza de los tormentos del infierno. Fuera ésta o no la intención del evangelista, lo cierto es que la influencia de estos pasajes evangélicos ha generado una historia de angustia e inseguridad. Baste recordar las liturgias fúnebres medievales llegadas hasta nuestros días. Y es que estos pasajes dejan la impresión de que Mateo intenta amedrentar a los creyentes más que motivarlos con el amor de Dios. El hombre moderno se subleva contra el juez universal que encumbra hasta el cielo y hunde hasta el infierno. No cabe en la cabeza de muchos padres de familia que deben sufrir en sus carnes la insubordinación de los hijos de esta generación la imagen de un Dios infinitamente bueno y misericordioso que castiga eternamente la culpa forzosamente limitada de sus hijos. De hecho, para gran parte de las personas de nuestra sociedad occidental individualizada, la figura de un juez universal o de un juicio universal no cuenta para nada en sus vidas. El que intenta estimular a los hombres con la amenaza de los tormentos del infierno, no sólo no logra su objetivo, sino que demuestra confiar poco en la fuerza de la gracia y en la fecundidad de la fe.

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