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El Evangelio del Domingo

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14 septiembre 2014

24º Domingo tiempo ordinario

por José Antonio Jauregui sj     Versión pdf

Mt 18,21-35

            El evangelio de este domingo sigue trazando con sentido crítico la línea de búsqueda de la propia identidad abordando los problemas derivados de la confrontación de la iglesia con el ambiente exterior y con su propio mundo interno. Comparado el enfoque de este fragmento con el del domingo pasado se pasa de un pecado grave que perturba la estabilidad de la iglesia a una falta personal contra un hermano. En la iglesia de san Mateo la ofensa personal y la indisciplina comunitaria estaban íntimamente unidas. Toda falta contra un hermano socavaba la vida de la comunidad y viceversa. Este fragmento trata el problema de la necesidad de la reconciliación entre los miembros de la iglesia cristiana. El tema del perdón es de capital importancia en el evangelio según Mateo.

El fragmento evangélico de hoy se inicia con una pregunta de Pedro: “Señor, si mi hermano me ofende ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.

            Los matemáticos acostumbrados a la exactitud de su ciencia se quedan intranquilos ante esta respuesta. ¿Por qué no dice Jesús claramente que hay que perdonar siempre las ofensas que nos infringen? No les satisface la respuesta, según la cual setenta veces siete equivale a decir innumerables veces. Y no les falta razón dentro de la lógica matemática. En realidad entre siete y setenta veces siete no existe una diferencia de concepto aritmético. La segunda expresión dice lo mismo que la primera, aunque con una mayor intensidad. Los dos números son cifras redondas. También la más pequeña significa muchas veces. En este evangelio estas frases sirven de introducción al tema del espíritu de conciliación del que trata la parábola siguiente, si bien  el pensamiento fundamental de la parábola es diverso del que está implícito en el dicho del Señor. La parábola no responde a la pregunta acerca de cuántas veces se debe perdonar. Más bien ilustra el deber de perdonar en general.

            Nos llama la atención la enorme cantidad de dinero que le adeuda el siervo a su señor. Transportando la parábola al ámbito de la relación del pecador con Dios, la deuda contraída por el pecado choca frontalmente con la conciencia que nosotros tenemos acerca de la gravedad de la ofensa a Dios que supone el pecado. Sin embargo, no cabe duda de que en la mente del evangelista está escogida en función de la realidad religiosa, para poner de relieve la deuda  enorme del hombre pecador frente a Dios. El valor del talento ático, la más alta unidad monetaria en curso en tiempos de Jesús en todo el imperio romano equivalía a 6000 dracmas, unas 75,000 de las antiguas pesetas. La deuda del siervo ascendía, por tanto, a unos 4.500.000 euros, que habría que multiplicar por diez según el valor adquisitivo de aquella época.

            Como el siervo no puede pagar, el señor decreta contra él y contra toda su familia la ejecución de la extraña sentencia que incluye la esclavitud no sólo para el siervo sino también para su mujer y sus hijos. Un procedimiento influenciado por el derecho penal helenístico tal como se practicaba en la Palestina del tiempo de Jesús. Antes de llegar a la ejecución de esta severísima sentencia, el siervo apela a la misericordia del señor. “Ten paciencia conmigo y yo te lo pagaré todo”. Una promesa sugerida por el miedo y por la absoluta necesidad. La súplica tiene un efecto sorprendente: el señor manifiesta su magnanimidad verdaderamente regia y le perdona la deuda.

            Sigue a continuación la escena de contraste sobre la que se funda la eficacia de la parábola. El importe de la suma que le adeuda su compañero de servicio es irrisorio comparado con el anterior. Cien denarios es una cantidad ridícula comparada con la gigantesca deuda del siervo a su señor.

La conducta del siervo con su compañero es inconcebible desde el punto de vista jurídico. Reclama despiadadamente su derecho y hace encarcelar a su deudor que no puede pagarle al momento aunque curiosamente la respuesta es literalmente idéntica a la suya: “Ten paciencia conmigo y yo te lo pagaré todo”. Sólo la reacción del siervo es completamente distinta de la de su señor. La justa indignación de los compañeros de servicio y la ira del señor ante la conducta mezquina del siervo se orienta hacia el lado moral de su acción. En consecuencia con su comportamiento inicuo, ahora el señor deja también que siga su curso la justicia más severa. Como en el caso presente es imposible que el siervo pueda pagar una deuda tan grande, habrá de quedarse para siempre en la cárcel.

            El concepto central que la parábola ilustra con intensidad y eficacia es que el discípulo debe sentirse estimulado a adoptar una actitud conciliadora frente al ofensor, sobre todo teniendo en cuenta que delante de Dios debe sentirse adeudado en medida incomparablemente mayor, sin más salida que confiarse a su misericordia infinita. La parábola dice claramente que Dios, no obstante su prontitud en perdonar hasta la falta más grave, hace siempre depender la condonación de la culpa del espíritu de conciliación que el hombre manifiesta frente a su próximo. Como rezamos diariamente en el Padrenuestro: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido”.

 

Bilbao, 14 de septiembre de 2014

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