Tercer Domingo de Cuaresma – Ciclo C (Lucas 13, 1-9) –
7 de marzo de 2010
Un hombre se fue a jugar cartas un viernes santo y perdió todo lo que tenía;
volvió triste a su casa y le contó a su mujer lo que le había pasado. La mujer le dijo:
«Eso te pasa por jugar en viernes santo; ¿no sabes que es pecado jugar en viernes
santo? ¡Dios te castigó y bien merecido que lo tienes!» El hombre se volvió hacia su
señora y con aire desafiante le dijo: «¿Y qué te piensa tu, que el que me ganó jugó
en lunes de pascua o qué?»
Generalmente no vemos las cosas como son sino que vemos lo que suponemos que
debemos ver. Estamos llenos de prejuicios y aplicamos nuestros esquemas para leer
la realidad. Es imposible desprenderse totalmente de los prejuicios, pero por lo
menos vale la pena estar atentos frente a ellos. La historia con la que comenzamos
revela un prejuicio religioso, pero así como éste, hay miles de prejuicios políticos,
raciales, culturales... Un prejuicio muy extendido es el que supone que detrás de lo
que nos pasa está Dios castigándonos o premiándonos por nuestro comportamiento
moral. Quién no ha pensado alguna vez que lo que le ha pasado, bueno o malo,
tenía que ver con su comportamiento anterior. Dios no anda por ahí castigando y
premiando a la gente. No podemos echarle la culpa a Dios de todos los males ni
pensar que nos está premiando por portarnos bien.
Hace varios años en el atentado en el que fue asesinado el líder de izquierda José
Antequera, Ernesto Samper también cayó gravemente herido. Samper comentaba,
un tiempo después que, aunque pasó varias semanas al borde de la muerte,
siempre supo que no podía morir así; que el que era un hombre creyente y pacífico,
sabía que Dios no lo dejaría morir violentamente. A los pocos días salió un artículo
de la esposa Guillermo Cano, que había sido director de El Espectador, y que fue
asesinado unos meses antes por sus críticas a las mafias del narcotráfico. La
señora le preguntaba al futuro presidente: «Si lo que usted dice es cierto, entonces
mi esposo, que murió asesinado violentamente, ¿era un hombre violento que
merecía esa muerte?» No se diga lo que se podría interpretar con respecto a la
muerte de José Antequera en el mismo atentado...
Y así podríamos poner muchos otros ejemplos: los que se salvan de la muerte al
caer un avión y atribuyen el milagro a la medallita que llevaban o a la oración que
hicieron; y los otros que llevaban la medallita y rezaron también su oración, ¿qué? El
caso más claro es el mismo Jesús; el hombre más bueno que ha producido la tierra;
el hombre más santo, el hombre que vivió fielmente según la voluntad de Dios, ¿por
qué murió como murió? Murió solo, abandonado de sus amigos, sintiéndose
abandonado del mismo Dios...
Esto es lo que Jesús quiere explicarle a sus discípulos: “¿Piensan ustedes que esto
les pasó a esos hombres de Galilea por ser más pecadores que los otros de su país?
Les digo que no; y si ustedes no se vuelven a Dios, también morirán. ¿O creen que
aquellos dieciocho que murieron cuando la torre de Siloé les cayó encima eran más
culpables que los otros que vivían en Jerusalén? Les digo que no; y si ustedes
mismos no se vuelve a Dios también morirán”. Cuando nos va mal no es porque
hayamos jugado cartas en viernes santo; y cuando nos va bien no es porque
hayamos jugado en lunes de Pascua. Lo que nos pasa es siempre una llamada para
volvernos a Dios...