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El Evangelio del Domingo

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27 julio 2014

17º Domingo tiempo ordinario - Mt 13,44-52

por José Antonio Jauregui sj     Versión pdf

A lo largo de esta cincuentena pascual hemos tenido ocasión de considerar y meditar los grandes  misterios de la salvación que tienen por protagonista a Nuestro Señor Jesucristo: su pasión y muerte, su resurrección, su  entronización gloriosa y las apariciones a sus discípulos. Todo ello presentado en una tensa espera de la vuelta gloriosa del Señor.  Este fue, según nos dice san Pablo en la 1ª carta a los Corintios, el contenido de su predicación con la que fue fundando iglesias por toda el área mediterránea desde la actual Turquía pasando por Filipos de Macedonia y Tesalónica hasta Corinto en Grecia. San Pablo certifica que la transmite tal como la recibió de la tradición anterior, una tradición antiquísima que arranca de los mismos apóstoles de Jesús en Jerusalén. Termina san Pablo su exposición sobre el profundo misterio que encierran estas verdades cristianas exhortando a los fieles de Corinto a permanecer firmes, inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor que es la Iglesia de Jesucristo. Se puede decir, pues, que el comienzo del Cristianismo, el misterio más profundo y difícil de la historia de la Iglesia, está en la predicación de la Palabra. Parafraseando el comienzo del evangelio de san Juan - “En el principio existía la Palabra”-  se ha escrito que en el principio del Cristianismo estuvo la Palabra, la Palabra de la predicación apostólica. Las expresiones anejas al término evangelio – hablar, oír, palabra, predicación, - demuestran que el evangelio tuvo siempre por contenido un mensaje oral. Pablo no estaba pensando en un libro o documento escrito cuando habló de “evangelio”, sino en la proclamación de la salvación o en la predicación sobre Jesucristo. San Pablo en sus cartas (Rom., 1 Cor) entiende por evangelio la acción salvífica de Dios en la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo. Lo característico de la concepción paulina es que evangelio y predicación del apóstol, es decir, mensaje sobre Jesucristo y delegación apostólica de Pablo están en íntima conexión. Desde esta conexión ha de entenderse la expresión paulina “Mi evangelio” (Rom 16,25). No se trata de un evangelio suyo específico, sino del único evangelio de Jesucristo a cuyo servicio y anuncio ha sido llamado Pablo. El evangelio por antonomasia es, pues, el contenido de una predicación de palabra, es decir, no escrita todavía, como la que poseemos nosotros en sus cuatro formas según los  evangelistas Mateo, Marcos, Lucas y Juan.  Muy probablemente san Pablo murió antes de que se publicara el primer evangelio escrito. Lo que san Ignacio de Loyola dice al comienzo de las Constituciones sobre la necesidad de escribirlas para mantener el espíritu que suscitó y mantuvo la obra de la Compañía, puede también decirse del origen de los cuatro evangelios. Se  concibieron como estatutos de las iglesias para mantener y transmitir  con la inspiración divina el espíritu inicial del único evangelio primigenio de Jesucristo. Lo curioso de los evangelios es que son los únicos documentos del N.T. que tiene por contenido al Jesús terreno que anduvo de pueblo en pueblo por los caminos de Galilea hasta llegar a Jerusalén. Según el antiquísimo himno cristológico de la carta a los Filipenses la vida terrena de Jesús venía a ser una especie de vacío en la parábola descrita desde la  encarnación hasta la muerte y glorificación de Jesús. En los evangelios, por el contrario, los hechos y dichos de Jesús durante su vida pública ocupan el centro de todo el argumento evangélico. La Iglesia, para elaborar su estatuto jurídico, vio la necesidad de recoger todas las tradiciones orales que venían adheridas a la transmisión oral y escrita  de los dichos y hechos de Jesús durante su vida para dar solidez y consistencia a la fe cristológica de la Iglesia. En términos sencillos podríamos decir que vio la necesidad de tocar tierra para que el mensaje sublime, alegre y trascendente del Señor Jesús crucificado y glorificado no corriera peligro de esfumarse en un mundo de especulaciones gnósticas sin consistencia histórica. De esta necesidad surgieron los cuatro evangelios canónicos. Un recurso parecido utiliza la sagrada Liturgia este domingo en el que, después de celebrar la cincuentena pascual hasta Pentecostés y las fiestas solemnes de la Trinidad y el misterio del Corpus Christi, nos devuelve al tiempo ordinario en el que se desarrolla la historia de Jesús según los evangelios. Por este giro a la vida terrestre de Jesús la Iglesia quiere darnos a entender que ser cristiano no consiste en quedarse ensimismado contemplando los grandes misterios realizados por Dios en Jesús hasta sentarlo en la poltrona de la vida trinitaria de Dios. Más bien quiere decirnos que todo eso cobra sentido si lo vivimos desde el seguimiento de Jesús, que el evangelio no se escribió para contemplar la sublimidad de esos contenidos sino para hacerlos presentes en nuestra vida diaria. Siguiendo la metáfora de la construcción del evangelio de hoy, se puede decir que el que entiende de esa manera el evangelio primigenio contemplado en el tiempo de Pascua edifica sobre roca. Quedarse en la contemplación de aquella sublime peripecia de Cristo desde la encarnación hasta la vuelta a la gloria del comienzo corre peligro de edificar sobre arena. Ni siquiera basta con confesar la divinidad de Jesucristo llamándole muchas veces por rutina “Señor, Señor”. A sus mismos discípulos les dice Jesús que tampoco les valdrá  haber realizado milagros en su Nombre. Jesús los rechaza con una frase dura que no refleja la imagen del Jesús manso y humilde corazón que tenemos de él: “Nunca os he conocido.  Alejaos de mí”. Recorrer con Jesús todo el camino que va de Galilea a  Jerusalén, imitando sus actitudes, nos lleva a vivir con él  la gloria de la Pascua. Por eso el encargo a los discípulos después de la resurrección: “Volved a Galilea”  invita al lector a releer el evangelio de Jesús. Lo mismo hace la Iglesia con nosotros durante el T.O. del año litúrgico.

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