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El Evangelio del Domingo

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19 octubre 2014

29º Domingo tiempo ordinario

por José Antonio Jauregui sj     Versión pdf

Mt 22,15-21

"Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios", ¿pretende ser  esta sentencia una norma capaz de dirigir a la Iglesia y a los cristianos de todos los tiempos en sus relaciones con la sociedad civil?  Se pregunta uno qué validez puede tener este principio evangélico en estos momentos de profunda crisis económica que afecta a todos los ámbitos de la sociedad mundial. El sentido discutido que tiene esta sentencia de Jesús en este evangelio oscila, al menos, entre tres interpretaciones diferentes.

1) Interpretación irónica: El  problema del impuesto al César no le interesaba absolutamente nada a Jesús; la expresión "Dad al César" es   una respuesta evasiva a una pregunta capciosa. Quiere decir: es bien sabido que ha de darse al emperador lo que  le pertenece, pero ¿qué importancia tiene eso, supuesto que el reino de Dios va a poner fin a todos los reinos  del mundo? Esta solución parte del supuesto de que Jesús concebía el Reino de Dios como una magnitud del final de los tiempos en la que las realidades terrenas y las relaciones de una institución llamada iglesia con los poderes del imperio caían fuera de su perspectiva de futuro. Después de lo que hemos escuchado en las últimas parábolas acerca del nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia de Jesús establecida en este mundo  es difícil imaginar que san Mateo dejara en boca de Jesús este sentido de su respuesta.

2) Por eso otros prefieren una interpretación centrada en los dos reinos. Según esta interpretación, Jesús recomienda pagar el impuesto imperial. Esta respuesta contiene en germen una apreciación positiva acerca de la función del Estado, yendo así en la línea de ciertas doctrinas judías del tiempo, según las cuales los que tienen el poder deben su autoridad a Dios. Una doctrina de la que participará Pablo en Rom 13,1-7 y que hoy día, por cierto, se cita pocas veces: “Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no proceda de Dios… Por tanto es preciso someterse en conciencia. Por eso pagáis los impuestos porque son funcionarios de Dios, ocupados en ese oficio. Dad a cada uno lo que se le debe”. El reino de Dios se ha inaugurado, si bien los reinos de este mundo ejercen todavía una autoridad legítima aunque provisional. La actitud general de Jesús frente a las autoridades políticas tal como se desprende de los evangelios presenta rasgos de una libertad soberana opuesta a una revolución abierta. La práctica de los primeros cristianos, tal como aparece en los Hechos de los Apóstoles, confirma esta interpretación ya que, sobre todo, la segunda parte de este librito constituye una defensa de la legalidad de la institución cristiana contra las calumnias de los detractores. La Iglesia establecida según el estatuto del evangelio escrito por san Mateo no plantea problemas a la estabilidad del imperio desde el punto de vista de su legalidad. Pero tampoco se doblega sin condiciones a la ley del imperio renunciando a los valores primordiales del mensaje de Cristo. Es la misma actitud crítica ante la autoridad imperial que expresa el evangelio de Juan en el proceso de Jesús ante el procurador Pilato: “No tendrías poder alguno sobre mí si no se te hubiera dado de arriba”. De todo esto se sigue que “Dar a Dios lo que es de Dios” significa poner por delante una instancia crítica al cumplimiento de la legalidad imperial. Jesús advierte a sus interlocutores que están poniendo en primer plano una cuestión secundaria - la del impuesto - en detrimento de la única cuestión decisiva: el arrepentimiento y la obediencia a Dios.

No nos resulta fácil hoy día comprender lo que este principio jerárquico de valores ante la autoridad del imperio exigió de riesgo y de heroísmo para los primeros cristianos. Este riesgo saltó al primer plano de la vida de la Iglesia cuando la obediencia al decreto apostólico de Jerusalén tuvo que enfrentarse con el precepto imperial de adorar como a dios al emperador. Lo pone de relieve el Apocalipsis, escrito pocos años después.

3) En un intento de actualización se ha escrito recientemente que la sentencia de Jesús significa que nadie está por encima de Dios, ni Tiberio. La moneda era un símbolo de la divinidad del emperador Tiberio. Dad al César lo que es del César significa “devolvedle al César este signo de su poder, pero no le deis nunca a ningún César lo que le pertenece exclusivamente a Dios: la dignidad de los pobres y la felicidad de los que sufren”. Pero está claro que la aceptación de la moneda en curso con la efigie del emperador en tiempos de Jesús no implicaba una aceptación de la divinidad de Tiberio, como se la arrogaron más tarde Calígula y Domiciano. Tampoco la opción por los pobres, bien atestiguada en las cartas paulinas y en la Iglesia primitiva creó jamás conflicto alguno a la estabilidad del imperio ni a la supervivencia de la Iglesia. No fue así a fines de siglo I el conflicto que crearon en las iglesias el culto divino al emperador y la obediencia al decreto apostólico de Jerusalén con todas sus inevitables secuelas de aislamiento social de los creyentes.

Sea lo que sea de estas soluciones, resultan insuficientes para solventar la intrincada relación Iglesia-Estado en la situación actual. La solución no puede pasar por alto la larga e intrincada historia de las relaciones Iglesia-Estado en nuestro país. Se ha escrito con razón: “La Iglesia tuvo poder y riquezas en España y rebosó política por todos sus costados, de tal forma que, cuando la democracia quiso convertirse en algo real, tuvo que emanciparse de su tutela”.  La solución al problema actual de los impuestos cae fuera del mensaje y el alcance del evangelio de hoy. Ante el problema complejo de un posible conflicto entre las obligaciones cívicas y la conciencia cristiana ante Dios, sigue siendo válido el mensaje del evangelio de hoy: el dictado de la conciencia ante Dios debe estar en primer lugar.

         Bilbao, 19 de octubre de 2014

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