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El Evangelio del Domingo

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18 enero 2015

Vocación de los primeros discípulos

Jn 1,35-42

por José Antonio Jauregui sj     Versión pdf  

El evangelio de hoy aborda el tema del seguimiento a Jesús. El seguimiento de los discípulos va íntimamente unido al bautismo de Jesús.  Los discípulos reunidos en el cenáculo después de la muerte de Jesús y en espera de la venida del Espíritu Santo prometido por Jesús resucitado vieron la necesidad de completar el grupo de los Doce tras la muerte de Judas. La condición requerida para poder entrar en ese círculo limitado de los apóstoles fue haber seguido a Jesús desde el Bautismo de Juan hasta el día de la ascensión del Señor a los cielos. Se ha llamado a esta condición la carta magna del apostolado según san Lucas. San Juan cumple a su manera esta condición cuando sitúa el seguimiento de los primeros discípulos a continuación del Bautismo de Jesús y del testimonio de Juan. “Por entonces estaba Juan reunido con dos de sus discípulos y fijándose en Jesús que pasaba dijo: ‘Este es el cordero de Dios’. Este testimonio repite la primera parte del testimonio que sobre Jesús dio Juan al día siguiente del bautismo de Jesús. “Ahí está el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Los discípulos, seducidos por este testimonio de su maestro y por la presencia de Jesús, le siguen inmediatamente: “Maestro, ¿donde vives?” - “Venid y lo veréis”. Los jóvenes discípulos de Juan no dudan en dejar a su maestro y seguir a Jesús. Ven dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Ha resultado una verdadera cruz para los intérpretes discernir entre la verosimilitud histórica de este testimonio de Juan Bautista y el contenido teológico de la expresión “El Cordero de Dios”. Esta fórmula tiene muchos textos paralelos a lo largo del cuarto evangelio. Todos estos pasajes apuntan a la muerte de Cristo y la entienden como una muerte salvífica por el pecado de los hombres. Ahora bien, la idea de la muerte entendida como un sacrificio expiatorio forma parte de la teología de la comunidad joánica, que estaba, por cierto, muy lejos de la mentalidad del Bautista. No cabe duda de que el evangelista se sirve de este testimonio del Bautista para introducir pedagógicamente a los primeros discípulos en lo que significa el seguimiento de Jesús. Lo demuestra la cita bíblica del capítulo 19,36 alusiva al rito del cordero pascual “No le quebrarán ni un hueso” que forma una inclusión intencionada con el testimonio de Juan Bautista que estamos comentando. La reacción que tienen los primeros discípulos después de pasar un día con Jesús confirma que no entendieron nada de este sentido sublimado puesto en boca del Bautista. Andrés era uno de los dos discípulos de Juan B. Encuentra a su hermano Pedro y le dice “Hemos descubierto al Mesías”. Y le llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: ‘Tú eres Simón el Hijo de Juan. Tú te llamarás Cefas, que significa Piedra”.  En la misma ambigüedad sobrenada la confesión espontánea de Natanael unos versos más adelante: “Tú eres el Mesías. Tú eres el rey de Israel”.

La escena del encuentro de Pedro con Jesús resulta inverosímil desde el punto de vista histórico. Según san Marcos, en el clímax mismo de su narración evangélica, Pedro proclama Mesías a Jesús y éste le promete que será la piedra de su Iglesia. Semejante escena resultaría ininteligible si, como narra Juan, Pedro hubiera sabido que Jesús era el Mesías aun antes de haberle visto y a su vez Jesús profetizara, nada más verle, la función de piedra fundamental que Simón iba a realizar en los comienzos de la historia de la Iglesia. El mismo cuarto evangelio insistirá más adelante en que la fe de los discípulos se fue desarrollando gradualmente (6,66-71; 14,9) y el mismo Juan insistirá en que el pleno conocimiento de Jesús no se produjo entre los discípulos sino después de la resurrección. El testimonio de Juan Bautista sirve al evangelista de piedra de toque para llevar adelante esta pedagogía que ha de conducir al conocimiento pleno del seguimiento a Jesús.

El procedimiento que ha seguido la investigación de Juan para descubrir esta pedagogía se ha llamado principio de interpretación del doble horizonte, que se formula así: “Es necesario distinguir entre el sentido que el testimonio de Juan pudo tener para Juan Bautista y sus oyentes y el sentido que la expresión tenía para Juan el Evangelista y sus lectores”. Lo más natural es suponer que Juan Bautista estaba pensando en el Siervo de Dios de Isaías 42 citado por él mismo en el momento del Bautismo: “Yo he visto y he dado testimonio de que él es el Elegido de Dios” cuyo cometido iba a consistir en hacer triunfar el derecho, la justicia y la verdad hasta lograr la victoria definitiva sobre el pecado de acuerdo con las expectativas judaicas para los tiempos mesiánicos. Así se explica mejor la fascinación que sintieron los discípulos hacia su persona y también la profesión de fe unánime dirigida a Jesús Mesías y Rey de Israel. Descubrir en ese Cordero de Dios que quita el pecado del mundo al Cordero de Dios que lleva sobre sus hombros el pecado del mundo y lo suprime por su muerte, entendida como un sacrificio expiatorio y vicario, requirió un proceso largo que llega a su meta en la escena de la triple confesión de fe de Pedro en la última aparición de Jesús en el lago de Tiberíades. El mandato, tres veces formulado, de Jesús resucitado a Pedro encargándole que apaciente su rebaño, se cierra con la profecía de que Pedro tendrá, como Jesús el Buen Pastor, una muerte violenta (Jn 21,15-18). La escena concluye con la exhortación “Sígueme” (21,19b). El seguimiento exigido a Pedro expresa la disposición de participar como discípulo de la pasión y muerte de su Señor, el Buen Pastor, que da su vida por las ovejas mostrando así su primacía en el amor. Este es el sentido del testimonio en la intención del Evangelista para que la entiendan sus lectores que somos nosotros.

Bilbao, 18 de enero de 2015

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