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El Evangelio del Domingo

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28 septiembre 2014

26º Domingo tiempo ordinario

por José Antonio Jauregui sj     Versión pdf

Ez 18,25-28; Mt 21,28-32

             La primera lectura del profeta Ezequiel marca un antes y un después en la formación de la conciencia individual a lo largo del proceso de depuración de la espiritualidad del pueblo de Israel. Brindó para ello una ocasión excepcional la experiencia del destierro de Babilonia en el siglo sexto a.C. En épocas anteriores la relación entre culpa y castigo se explicaba por una mentalidad corporativa. Su nota característica era la fluidez con que pasaban la culpa y el castigo del rey al pueblo y viceversa.  El pecado del rey lo pagaba el pueblo entero. Después de confesar David su pecado de adulterio con Betsabé y de homicidio calculado de Urías, el Señor le perdona imponiéndole una de tres penitencias. David escoge la peste sobre el pueblo. Nos choca, con razón, este modo de proceder sólo explicable a la sazón por esa mentalidad corporativa entonces reinante. Desde ella se entendía asimismo que una persona representativa del pueblo pudiera expiar ante Dios el pecado colectivo del pueblo, como lo vemos en la figura del Siervo paciente de Isaías (53). Esta mentalidad corporativa primitiva recibe un correctivo divino en la época del destierro. El profeta Ezequiel lo describe en forma de un juicio bilateral entre Dios y el pueblo. Los desterrados de Babilonia acusan a Dios de injusto porque se encuentran pagando con la dura pena del destierro por un pecado que no tenían conciencia de haberlo cometido ellos personalmente, sino sus padres. Decían: “Ellos comieron la manzana y a nosotros se nos están cayendo los dientes”. “No es justo el proceder del Señor”. El Señor responde en nuestra lectura a esta acusación: “Escuchad, casa de Israel: ¿es injusto mi proceder? ¿O no es vuestro proceder el que es injusto? El Señor se defiende en este juicio bilateral atacando y establece a continuación un criterio individual de justicia por el que se castiga al justo que se aparta de la justicia y se premia al malvado que se arrepiente de su maldad y se convierte a Dios.

    La parábola del evangelio de hoy la cuenta solamente san Mateo y forma parte de un trilogía de parábolas (cf. 21,33-46 viñadores y 22,1-14, festín de bodas) que giran alrededor de la idea del rechazo de Cristo por parte de quienes más razones tenían para recibirle, los jefes del pueblo y la aceptación por parte de los más alejados, de los pecadores. Desde esta perspectiva histórico-salvífica se ve claramente el carácter polémico que revisten todas estas parábolas contra los jefes de pueblo reunidos alrededor de Jesús en el templo. Los publicanos y las prostitutas que con su conducta habían rechazado la voluntad de Dios expresada en la Ley, se vuelven ahora hacia El y entran en el reino inaugurado por Jesús. Mientras que los jefes del pueblo que oficialmente han dicho siempre "sí" a Dios, se separan ahora de su Enviado. Esta parábola saca las consecuencias prácticas de la primera lectura. La pregunta - “¿Qué os parece?”-  va dirigida por Jesús no a sus discípulos sino a sus interlocutores o adversarios. Este hombre representa a Dios; sus dos hijos representan los dos facciones que componen el pueblo judío en tiempos de Jesús: los pecadores o indiferentes que no observaban la ley cargando así por su conducta con la dura metáfora de la prostitución, sinónimo de la idolatría en todo el A.T., y los justos siempre fieles a la religión oficial, aquí, los jefes del pueblo. Notemos que ambos son aquí hijos de Dios. El acento recae sobre lo que ellos hacen, verbo capital en el mensaje de los evangelios. La finalidad de los evangelios es transmitir una verdad, la verdad total de Cristo, capaz de provocar la conversión del corazón humano y liberar de la situación presente mala y perversa Una verdad que no cambia la situación presente no es una verdad evangélica. La predicación apostólica primitiva supo leer en esta parábola de Jesús la gran novedad del Cristianismo. La expresó san Pedro en su primer discurso a un público de gentiles: “He caído en la cuenta de que en Dios no hay acepción de personas, sino que en cualquier nación le es grato el que lo teme y practica la justicia.”. En la importancia de ese hacer insisten, los oyentes de la primera predicación de Pedro en Pentecostés. “¿Qué tenemos que hacer?”  “Arrepentíos, bautizaos…porque la Promesa es… también para los que están lejos…” y añadía: “Liberaos de esta generación perversa”. Esta lectura universalista de la parábola de Jesús se afianzará en los evangelios de los dos próximos domingos.

Bilbao, 25 de septiembre de 2011

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