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04 de Mayo de 2012
Pascua itinerante por el Camino Ignaciano

Este año en semana santa la comisión provincial que lidera los proyectos 11 y 13 se propuso ofrecer de nuevo la Pascua Itinerante que salvo el año pasado se venía ofreciendo a jóvenes desde hace ya 10 años (aproximadamente). Pero este año el recorrido que se ha planteado ha sido nuevo y unido más a la figura de Ignacio. Así pues se ofreció una pascua de Loyola a Arantzazu siguiendo las 2 primeras etapas del últimamente tan citado CAMINO DE IGNACIO


La Pascua Itinerante ha ofrecido una experiencia sencilla de acompañamiento “en camino” a Jesús dejando que los momentos tan intensos que vivió se reflejen e iluminen nuestras HISTORIAS PERSONALES CON DIOS. Así nos encontramos en Loyola un grupo de 13 personas (10 jóvenes y 3 jesuitas, 9 participantes y 4 de equipo) dispuestos a hacer comunidad y hacer camino, a orar y celebrar nuestras vidas a la luz de Jesús, y siguiendo el camino de Ignacio.


En Loyola y en colaboración con el Santuario celebramos el oficio del Jueves Santo participando intensamente y llevando a cabo el signo del lavatorio de los pies, como un signo de los momentos de servicio que ha habido en nuestras vidas, siguiendo a Jesús. Antes nos habíamos presentado haciéndonos conscientes de las distintas comunidades en las que hemos vivido y crecido ese grupo de 13 que nos juntábamos a vivir la pascua más intensamente y esa celebración de la Última Cena en la eucaristía que reunía a la comunidad de comunidades que es nuestra Iglesia.


El viernes bien de mañana nos pusimos las mochilas al hombre y nos despedimos de nuestro hospedero Javier Zudaire y su equipo para iniciar como Ignacio el camino del valle del Urola que lleva a Legazpi (24 km). En el camino tuvimos tiempo para orar con un Vía Crucis que nos propuso Angel Benitez-Donoso n.s.j que era del equipo que llevábamos la pascua. Fue un rato de contemplación ignaciana caminando los momentos de dolor y sufrimiento que tiene la vida. Tras el cual y aprovechando el refugio de uno de los túneles del antiguo tren del Urola, pudimos examinar esa oración y seguir el camino bajo la lluvia y cruzando túneles a buen ritmo hasta alcanzar la localidad de Legazpi ya algo pasado el mediodía.


Una vez en Legazpi, el párroco nos acogió y nos hizo sentir como en casa dejándonos unos locales parroquiales y unas duchas con el único precio de participar activamente en la celebración del oficio del Viernes Santo. ¡¡Qué más deseábamos nosotros!! La celebración en bilingüe, como la de Loyola, fue seguida por el venezolano, los 3 valencianos y los 4 pamplonicas con gran atención y sin mayores problemas. En el momento de la cruz nuestra fuerza de jóvenes ayudó a trasladar la pesada cruz que en esta parroquia suelen adorar, con gran alegría para el anciano encargado de esa tarea que dirigía la operación como si 4 cirineos le hubieran cogido la cruz que le tocaba llevar. Vitoriano, el cura de Legazpi estaba encantado de que los Jesuitas estuvieran, pasaran y participaran de la celebración con la comunidad.
Al amanecer del sábado, el grupo habiendo dormido en el suelo de los locales parroquiales, se dispuso a enfrentar la subida a Arantzazu (17 km) de camino de Emaus.

También hubo posibilidad de orar en silencio los momentos sin sentido de nuestra historia y también los fracasos. El grupo ascendió en tranquila conversación los 700 m de desnivel, con un ritmo sostenible que así lo permitía. Las nubes nos acompañaban pero no descargaron su lluvia sobre nosotros y esperaron a que llegáramos al Santuario de Arantzazu. Una vez allí pudimos ducharnos, visitar el santuario y tener un tiempo para la reconciliación ayudados por las imágenes de la cripta. A la noche nos unimos a la vigilia pascual de los franciscanos como otras muchas personas del valle. Fue una celebración que nos llegó incluso a pesar de que algunos el uso del euskera les dificultó algo entender las lecturas. 


A la mañana del domingo y en silencio nos dispusimos a volver a nuestras casas, para ello era necesario llegar a Oñate para coger los autobuses y algunos coches que habíamos dejado aparcados para hacer el viaje de vuelta. Volvíamos como María Magdalena después de haberse encontrado con Jesús, el Resucitado, con un envío para seguir viviendo nuestra historia CON DIOS. Aleluya.

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