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La comunidad en la Compañía de Jesús, nacida de la voluntad del Padre, que nos congrega en un cuerpo, consiste en la colaboración activa y personal de todos los miembros para cumplir la voluntad divina, en orden a una vida apostólica muy diversificada.
Normas Complementarias 314
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Los primeros pasos de la Compañía de Jesús, de acuerdo con el deseo de Ignacio, se dieron en el entorno de un grupo de “Amigos en el Señor” que compartían los sueños, las ilusiones y el deseo de servir al Proyecto de Dios. Este grupo de amigos se convierte en 1540, tras la aprobación por el Santo Padre, en la primera comunidad de la Compañía de Jesús. Con el tiempo y las exigencias del apostolado se dispersan por diferentes lugares para llevar a cabo la misión a ellos confiada. Unos asistieron al Concilio de Trento y otros, como Francisco de Javier, marcharon a las lejanas tierras del lejano oriente.
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Con cerca de 500 años de vida la Compañía de Jesús sigue marcando su estilo de vida por el ser Amigos en el Señor. En las comunidades confluyen jesuitas de diferentes edades, con tareas apostólicas diferentes, provenientes de las más variadas regiones y naciones, con gustos y aficiones distintos pero todos unidos en lo fundamental, servir a Dios y a los hombres mediante la promoción de la fe y la justicia.
La vida comunitaria es como la de una familia modesta.
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Compartimos los que somos y tenemos: nuestra común vocación, nuestra preocupación por la humanidad, nuestras alegrías y nuestras tristezas. El diálogo transparente quiere ser nuestra estrategia para que el compartir sea desde el respeto y la valoración de lo distinto. La unidad no se entiende como uniformidad en las comunidades jesuíticas.
El aspecto más determinante de nuestra vida es la unión de los ánimos que se nutre en el compartir de la fe y de la experiencia del paso de Dios en la historia de cada uno de los que componemos las comunidades.
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La última Congregación General dice acerca de nuestro estilo de vida: "...nos hemos hecho una comunidad de 'Amigos en el Señor', apoyándonos mutuamente con la libertad que proporciona el amor cristiano (...) hemos sido purificados en la fe que nos sostiene y hemos entendido mejor nuestra misión central. Nuestro servicio, especialmente el de los pobres, ha hecho más honda nuestra vida de fe, tanto individual como corporativamente: nuestra fe se ha hecho más pascual, más compasiva, más tierna, más evangélica en su sencillez".
Congregación General 34. Decreto 2, 1
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